lunes, 28 de noviembre de 2011

Propuesta para el proyecto

A partir de esta información, he pensado en devolverle la pelota a ciertas marcas que, hoy en día, siguen utilizando temas sexistas (aunque lo nieguen con términos como "publicidad cómica") para su marketing. La idea es utilizar sus campañas publicitarias, cambiarle los roles y, posteriormente, profanarlos por la ciudad para ver como reacciona la gente frente a esa publicidad. Sería una obra de activismo cuya finalidad es cambiar la idea social sobre la desigualdad de género o, simplemente, hacer consciente a la gente que ese desiquilibrio sigue mostrándose hoy en día y en un campo que nos tiene tan absorbidos como es la publicidad.

La primera marca a la que he decidido atacar es la campaña publicitaria de AXE, conocida por sus anuncios machistas o "cómicos". Algunas campañas de años anteriores fueron estas:

La campaña de la que voy a partir es la de este año, con la que promocionan el nuevo "Axe Excite".
La multinacional Unilever invertirá casi 10 millones de euros en promocionar su nuevo perfume bajo la marca Axe, que como no podía ser de otra manera, lleva un nombre provocativo: Excite. Europa y Latinoamérica son los mercados a los que se dirige la campaña.
De momento, ya circula por internet el spot de televisión, creado por Bartle Bogle Hegarty, con el anunciante no dejará a los espectadores indiferentes: una grupo de ángeles interpretado por bellas modelos caen del cielo atraídas por un hombre. 

Las tipologías de la publicidad machista

De un modo sumario, la mayoría de los anuncios que pueden clasificarse como publicidad machista presentan:


-Escenificación de estereotipos de género que fijan determinadas actividades y actitudes como "propias de mujeres": En muchos anuncios las labores del hogar se presentan como una actividad excluyente de las mujeres, constituyendo su "entorno natural". Ello es más evidente cuando esa actividad excluyente no es exclusiva, es decir, cuando se muestra a mujeres que trabajan fuera de casa, ya que muchos productos se presentan como facilitadores de su doble labor profesional y doméstica, sin cuestionar la idea de que la segunda que parece corresponderles por razón de género. Ello ocurre con las comidas preparadas, con los limpiadores potentes y rápidos, con los electrodomésticos inteligentes.

-Escenificación de violencia contra las mujeres: La agresión violencia física contra las mujeres aparece en la publicidad de forma cada vez más esporádica, tanto por su fácil identificación como por la sensibilidad (y rechazo social) derivado de la preocupación generalizada ante la violencia machista.

-Escenificación de violencia por parte de las mujeres: Los anuncios en los que los hombres se ven agredidos por las mujeres han ido adquiriendo importancia en los últimos años, quizás por razones inversas a las señaladas en el apartado anterior. Aun existiendo ese tipo de agresión en el mundo real es claramente minoritaria, y desde luego no hace sonar las alarmas sociales, ni legales, ni autorreguladoras. Hay reclamaciones contra campañas de publicidad en las que las que mujeres golpean con el puño cerrado, abofetean o clavan sus tacones a los hombres que han sido desestimadas, y cuya valoración hubiera sido muy diferente si el reparto de roles de género hubiera sido el opuesto.

-Escenificación de las mujeres como objeto: Quizás uno de los recursos más comunes de la publicidad consiste en utilizar el cuerpo de la mujer (o determinadas partes de su cuerpo) como elemento de valor añadido para captar la atención de la población masculina hacia productos dirigidos tradicionalmente a ese target. Mujeres más o menos exuberantes se asocian a la publicidad de alcohol, de tabaco, de coches y accesorios, de maquinaria industrial, de ropa y productos de higiene masculina, de servicios de alto standing, de equipos tecnológicos. Se trata de una asociación que cosifica a las mujeres, que las presenta como un premio o un regalo, como una meta alcanzable previo uso del producto o, como en el caso de las campañas de un desodorante para hombres, como seres manipulables, incapaces de gobernar sus instintos. 





    

Introducción


Desde sus inicios, la publicidad ha simultaneado en su discurso:
  1. Un nivel funcional en el que se predican las cualidades de los productos anunciados (sus ingredientes, los resultados que pueden esperarse de su utilización, las condiciones y requisitos para esa utilización).
  2. Un nivel simbólico en el que se construyen y/o reproducen estereotipos sobre las personas que consumen y utilizan (o que pueden consumir y utilizar) dichos productos.
En las sociedades de consumo desarrollas la publicidad como discurso y nos habla cada vez menos de los productos anunciados y cada vez más de su target real o potencial. La homogeneización de las ofertas hace que los
Por otra parte, en el caso de las mujeres, es muy evidente que la construcción de su imagen publicitaria no se produce sólo en los mensajes dirigidos a las mujeres como compradoras, consumidoras o simplemente prescriptoras de productos. También, de modo muy importante, las mujeres aparecen como elemento de atracción en productos dirigidos específicamente a los hombres o caracterizados por un amplio espectro de demanda.

La publicidad machista puede rastrearse sin dificultad por más que en los últimos años la evolución haya sido innegable. Como puede rastrearse sin dificultad el discurso machista en todo tipo de contenidos mediáticos, desde las telenovelas y las series juveniles a la pornografía; de los realities y espacios o publicaciones del corazón a los videojuegos; de los dibujos animados a las canciones de moda.

Para las organizaciones sociales que nos dedicamos a denunciar y perseguir la publicidad ilícita, es cada vez más importante no limitarnos a la procura de la veracidad de la comunicación comercial, circunscrita a la dimensión funcional del discurso publicitario, sino defender también que los mensajes publicitarios respeten en su dimensión simbólica la dignidad de las personas que los protagonizan y los reciben. valores funcionales aporten poco valor añadido a dichas ofertas salvo en el caso de nuevos bienes y servicios, ya que por un lado las características de los productos son suficientemente conocidas y por otro sus ventajas competitivas son fugaces en la medida en la que cualquier innovación de un oferente es rápidamente imitada por sus competidores.